Muñoz no sabe pintar

 

(Imagen publicada en facebook por FernanMary Sotomayor  del grupo «Camagüey en el corazón»)

 

En la calle Independencia, a la entrada de un garaje, hay un letrero muy peculiar que dice: «MUÑOZ NO SABE PINTAR». En este lugar trabajaba diariamente un famoso pintor con este apellido. ¡Todo un personaje! Querido por muchos y respetado por todos.

Sus bodegones y marinas de tamaño pequeño eran vendidos al por mayor en tiendas de artesanía y los de un formato mayor, generalmente paisajes, los vendía él mismo. Salía por las tardes con uno o dos cuadros a caminar por las calles de la ciudad. Y lo hacía a un paso tan rápido, que sus amigos y admiradores tenían que llamarlo a gritos o correr tras él para poder comprar un cuadro, o simplemente charlar un rato. Siempre vendía sus hermosas pinturas de colores intensos y alegres. Las paredes de muchos hogares camagüeyanos están decoradas con sus cuadros. En mi casa hay varios. Mis favoritos son el de un pavo real con la vistosa cola abierta y otro de patos salvajes en pleno vuelo.

«El acto de pintar se trata de un corazón contándole a otro corazón dónde halló su salvación». Francisco de Goya

Uno de esos días, en su recorrido, pasó por mi casa. Yo tenía entonces 15 años y en las tardes me entretenía dibujando con la puerta de entrada abierta. De pronto vi a este señor que venía en dirección a mí con el ceño fruncido y me asusté. Entró sin saludar, tomó mi lápiz, tachó algunos dibujos y a otros les dio mejor forma y terminación… y se fue sin decir una palabra. Cuando me vine a reponer del susto ya iba lejos. A los pocos días volvió a pasar. Esta vez yo pintaba un caballo al óleo en una camiseta. Estaba terminando. En esta ocasión asintió con la cabeza, le dió los toques finales en silencio y se marchó. A pesar de que me infundía cierto temor, me sentía halagada por su atención. A partir de ese día me esforcé mucho por mejorar mis dibujos y pinturas. Pasado un tiempo, cuando ya no lo esperaba, llegó. Me había esmerado mucho pintando una gata en el forro de un cojín. Esta vez no tuvo que retocar y, sorprendido frente a mi obra, me miró por primera vez y dijo: «Muñoz no tiene paciencia para enseñar, pero si aceptas ser mi ayudante te servirá de mucho. Te espero mañana». Y sin esperar respuesta, se fue dando sus zancadas habituales.«

«Un verdadero artista no es el que se inspira, sino uno que inspira a los demás». Salvador Dalí

Fue fácil llegar. El letrero a la entrada era tan conocido que todos lo usaban como referencia para dar direcciones. Inicialmente decía: «MUÑOZ SABE PINTAR». Pero, cansado de las bromas de niños traviesos, que al pasar escribían NO, con cualquier cosa que encontraban, decidió estampar el NO de manera permanente para ahorrarles el trabajo. A partir de ese día se inició una singular amistad entre el «maestro» y la «alumna», que duró años. En ese improvisado taller conocí a personalidades del mundo del arte de toda Cuba, que visitaban y trataban a Muñoz con entrañable afecto.

Su técnica era la pintura al óleo. Así que, después que yo preparaba el fondo sobre el que él iba a pintar, lo ponía un rato al sol. Luego, ya seco, él terminaba la pintura. Más adelante me dejó hacer otras cosas. Pintábamos sobre madera, pues era difícil conseguir lienzo. De unas cajas en las que empacaban el pescado, él separaba dos cartones duros y ese era nuestro «lienzo». Para sus cuadros grandes usaba un material mejor. Muñoz era un verdadero cascarrabias, meticuloso en su trabajo y severo conmigo pero, un hombre genial, de una gran energía, del que aprendí mucho. Le imprimía su sello propio a todo lo que hacía. Además de pintor, era barítono y participaba en obras que se presentaban en los teatros de la ciudad.

Un día tuve que comunicarle que no podría continuar yendo porque iniciaba mis estudios universitarios. Se enojó muchísimo porque para él mi futuro era la pintura y no debía abandonarla por ningún motivo. Salí de allí con plomo en mi corazón. No podía soportar el peso de mi decisión. Me asfixiaba. No podía respirar… Y nunca más volví a respirar arte como en esos mágicos años.

A los pocos meses sentí una imperiosa necesidad de volver a pintar con Muñoz. ¡Podía aprender tanto todavía! Recordaba las tertulias en su taller, sus consejos… Con frecuencia pensaba en unas palabras que le dijo a un amigo: «Quiero morir pintando». Así que fui al garaje. Al llegar, lo encontré desierto. Ni un cuadro, ni pinturas, ni pinceles… Seguí hasta el fondo, a la casa, y allí me recibió la esposa, con la trágica noticia: Muñoz había muerto días atrás… Cuando bajó el telón de su vida, en el último acto ejercía su mágico oficio.

Ese día escuché de sus familiares que él valoró mucho mi ayuda y compañía, algo que nunca me dijo pero yo siempre supe. ¡Me hubiera gustado tanto poder verlo una vez más y pintar juntos! Él fue lo más cercano a un padre que tuve y lo lloré como tal.

Han transcurrido más de treinta años desde su partida pero, él sigue pintando en mis sueños con aquellos mismos colores que me alegraban la vida.

2 respuestas a «Muñoz no sabe pintar»

Deja un comentario