Definiendo al hombre y contando anécdotas

Tras oír que Platón definía al hombre como «Un animal de dos patas sin plumas», el filósofo Diógenes le envió a su academia un gallo desplumado comentando: – Aquí está el hombre de Platón.
Platón tuvo que añadir a su definición: «…con uñas anchas y planas».

 

Diógenes buscando hombres honestos. Cuadro atribuido a J. H. W. Thischbein (1780)

 

Las anécdotas alrededor de Diógenes son muchas. Una de ellas cuenta que, ya casi al final de su vida, una persona lo abordó sobre el hecho de que caminara tanto. «Ahora que estás llegando a la meta, ¿no deberías ir más despacio, incluso descansar?» A lo que Diógenes respondió: «Si tú estuvieras en el final de una carrera y tuvieras la meta ya muy cerca, ¿qué harías? ¿irías más despacio o tal vez acelerarías el paso? Pues eso es lo que yo hago».

La lectura de anécdotas es una delicia por tratarse de sucesos curiosos, en los que predomina la brevedad, espontaneidad y la expresividad. ¡Algo muy refrescante!

Vuelvo al tema de la primera, porque me recuerda otras tres definiciones de «hombre». La de Pascal: «Juez de todas las cosas; estúpida lombriz de tierra; depositario de la verdad; montón de dudas; gloria y desperdicio del universo». La de Molière: «El hombre,  te puedo asegurar es una criatura desagradable». Y la de Pío Baroja: «Un ser un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo».

Del excentricismo, fuerte temperamento y agrio carácter de Baroja se cuentan anécdotas increíbles… Le sacaba de quicio el uso de frases hechas y adornos en la conversación.

Cierto día determinado pintor de renombre no cesaba de alabar sus cuadros y su obra usando una verborrea sembrada de ellos. Uno fue:

– El arte, Baroja, se hace con sangre.

– ¡Déjese de estupideces! – contestó el escritor – Con sangre sólo se hacen las morcillas.

 

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